Hoy toca petición de material en la oficina. Llegamos al apartado de los bolígrafos. El catálogo muestra dos tipologías: bolis con peana o bolis con capuchón. No hay imágenes y no sé cuál es la diferencia entre ambos. Así es que, ante la duda, le pregunto a mi compañero cuál prefiere. Él tampoco sabe qué es una “peana” y como bolígrafos con capuchón ya tenemos, pedimos de los otros, así habrá variedad.
Nos encontramos con la sorpresa el día después, fecha en que recibimos el material. Malditos bolis con peana! Voy a recordad de por vida lo que significa la palabrita… La ignorancia ha provocado que tengamos un stock de 30 en el almacén, con sus correspondientes recargas, para que así duren más.
Vivo en una ciudad provinciana. Indeterminada, no importa el lugar concreto. He llegado a una edad, 26, en que en una ciudad provinciana sólo tienes dos alternativas: casarte o emigrar. Trabajo en una oficina vendiendo servicios en los cuales no creo, así es que la mayor parte del tiempo tengo la sensación que me dedico a engañar a la gente. Mi meta en estos momentos es romper con todo esto: marcharme lejos y empezar de nuevo. El objetivo está definido y también el medio para alcanzarlo.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Todo un genio
Me dispongo a hacer la siesta. Por suerte, es de los pocos placeres que no cuestan dinero. No sé por qué motivo tengo la intuición de que me llamarán, así es que apago el móvil (si tienen que localizarme por algún motivo urgente, me pueden llamar al fijo).
Me encuentro sumida en un profunda siesta cuando de repente alguien irrumpe en mi cuarto desvaneciendo de repente mis sueños. Me entrega el teléfono y, estando aún fuera de la realidad, lo alcanzo sin saber muy bien qué está pasando. “Entra en la web y mira los cascos”. Este es el sagrado mensaje que ha roto mi plácido descanso. Intento contextualizar. ¿De qué me están hablando? Ah sí, lo recuerdo. Rompí sin querer un casco de moto que me habían prestado. No tiene arreglo, así es que me corresponde comprar uno. Pero, ¿ahora es el mejor momento? ¿Mi urgente misión es conectarme en Internet para ver un casco en pantalla? Ni que fuera una experta en cascos! Ni si quiera sabré apreciar las ventajas de un casco aun teniéndolo delante! Lo mando al carajo con la mayor educación posible y le doy las gracias por haberse acordado, SÓLO ESTA VEZ, de llamarme al fijo.
Me encuentro sumida en un profunda siesta cuando de repente alguien irrumpe en mi cuarto desvaneciendo de repente mis sueños. Me entrega el teléfono y, estando aún fuera de la realidad, lo alcanzo sin saber muy bien qué está pasando. “Entra en la web y mira los cascos”. Este es el sagrado mensaje que ha roto mi plácido descanso. Intento contextualizar. ¿De qué me están hablando? Ah sí, lo recuerdo. Rompí sin querer un casco de moto que me habían prestado. No tiene arreglo, así es que me corresponde comprar uno. Pero, ¿ahora es el mejor momento? ¿Mi urgente misión es conectarme en Internet para ver un casco en pantalla? Ni que fuera una experta en cascos! Ni si quiera sabré apreciar las ventajas de un casco aun teniéndolo delante! Lo mando al carajo con la mayor educación posible y le doy las gracias por haberse acordado, SÓLO ESTA VEZ, de llamarme al fijo.
martes, 29 de junio de 2010
Una pesadilla...
Los hechos ocurren en un lugar pequeño y encerrado al que se debe acceder bajando unas estrechas escaleras. Somos un grupo reducido de gente esperando a ser atendidos. Se encuentra un mostrador con una mujer detrás atendiendo al público. En aquél preciso momento está hablando con otra. Ésta última viste un traje marrón, con un velo del mismo color que le cubre la cabeza. De repente me doy cuenta que tres individuos sujetan armas y apuntan hacia la mujer del traje marrón. Ella deja la conversación de repente y se da la vuelta mirando hacia los atacantes. Intercambian unas palabras en un idioma que no me es familiar; parece árabe. Disparan y se escucha un sonido seco. La mujer cae al suelo de forma inmediata. Los hombres llevan los rostros tapados; sólo se vislumbra la parte superior: de la nariz hasta la frente porque el pelo también está cubierto por una tela negra. Visten pantalones militares y tienen la tez oscura. Son de constitución delgada y más bien bajos.
A continuación toca mi turno. Me dirijo hasta el mostrador evitando mirar al suelo para no ver al cuerpo inerte de la mujer. Estoy aterrorizada pero parece ser que debo actuar de esta forma. Los hombres siguen apuntando con sus armas, sin decir nada, pero esta vez me apuntan a mí. La mujer del mostrador me da un trozo de papel blanco. Me dice algo que no recuerdo, pero sé que me transmite serenidad; si hago lo que se me pide, si actúo con naturalidad no va a ocurrir nada malo. Mi misión es muy sencilla: sólo debo apuntar mi dirección y teléfono. Veo cómo mis dedos comienzan a hacer trazos en el papel. No reconozco mi letra, es toda irregular debido al temblor de mis manos. Siento las armas tocando mi nuca. Esto aún me paraliza más. Quiero acabar cuanto antes con mi tarea, pero con toda la presión no soy capaz de recordar mi número de teléfono. Me bloqueo. Y de repente escucho que aprietan el gatillo. Y no puedo contarte más porque es todo lo que recuerdo.
A continuación toca mi turno. Me dirijo hasta el mostrador evitando mirar al suelo para no ver al cuerpo inerte de la mujer. Estoy aterrorizada pero parece ser que debo actuar de esta forma. Los hombres siguen apuntando con sus armas, sin decir nada, pero esta vez me apuntan a mí. La mujer del mostrador me da un trozo de papel blanco. Me dice algo que no recuerdo, pero sé que me transmite serenidad; si hago lo que se me pide, si actúo con naturalidad no va a ocurrir nada malo. Mi misión es muy sencilla: sólo debo apuntar mi dirección y teléfono. Veo cómo mis dedos comienzan a hacer trazos en el papel. No reconozco mi letra, es toda irregular debido al temblor de mis manos. Siento las armas tocando mi nuca. Esto aún me paraliza más. Quiero acabar cuanto antes con mi tarea, pero con toda la presión no soy capaz de recordar mi número de teléfono. Me bloqueo. Y de repente escucho que aprietan el gatillo. Y no puedo contarte más porque es todo lo que recuerdo.
miércoles, 10 de febrero de 2010
¿Qué es lo que quiero?
Irme; lejos. Y no es lo que siento solo ahora, en estos momentos, sino hace ya año y medio, desde que regresé de mi estancia en el extranjero. Ahora os cuento. Estuve estudiando en una de las universidades de una gran capital del país. En aquél entonces, me centré tanto en mis estudios que ni siquiera pude disfrutar de la ciudad. El motivo es que fue un capricho. Aquellos mimos estudios los podría haber cursado en mi ciudad natal. Sin embargo, decidí emigrar; por supuesto, gracias a la colaboración económica y apoyo ante mi decisión de mi familia. Pero mis padres son trabajadores de clase media por cuenta ajena. Si me han permitido estos caprichos es porque soy hija única; de otro modo no hubiese sido posible. Pero me considero responsable y sería incapaz de abusar de ellos. Es decir, sabiendo que están dedicando sus ahorros en mí, no podría estar pasándomelo bien a su costa y dejar el objetivo principal –estudiar- en segundo lugar. Por ello, los fines de semana regresaba a casa y continuaba con la tarea de los días hábiles: estudiando.
En una capital, la gente es más abierta. No es un tópico, es cierto. Tuve la oportunidad de compartir piso con gente de otros países. La mayor parte estudiaban y trabajaban. Aprendí mucho de ellas y de sus consejos. Y en cierto modo, compartir de alguna manera su experiencia de vivir en otro lugar, lejos de tus orígenes, me animó a presentar la solicitud de Erasmus. Pero sin demasiado entusiasmo, tampoco creía que me lo fueran a conceder. Sin embargo, no fue así. Recuerdo una vez, en mi ciudad natal, un profesor preguntó a su alumnado en el caso hipotético de que nos ofrecieran un trabajo muy bien remunerado en Japón, cuántos estaríamos dispuestos a aceptar el puesto. Creo que sólo dos o tres levantamos la mano y, os aseguro que el aula estaba bastante llena y era bastante grande. Ante una pregunta así, tampoco me planteo si realmente me voy a vivir allí para toda la vida; tan sólo es ir a probar.
En una capital, la gente es más abierta. No es un tópico, es cierto. Tuve la oportunidad de compartir piso con gente de otros países. La mayor parte estudiaban y trabajaban. Aprendí mucho de ellas y de sus consejos. Y en cierto modo, compartir de alguna manera su experiencia de vivir en otro lugar, lejos de tus orígenes, me animó a presentar la solicitud de Erasmus. Pero sin demasiado entusiasmo, tampoco creía que me lo fueran a conceder. Sin embargo, no fue así. Recuerdo una vez, en mi ciudad natal, un profesor preguntó a su alumnado en el caso hipotético de que nos ofrecieran un trabajo muy bien remunerado en Japón, cuántos estaríamos dispuestos a aceptar el puesto. Creo que sólo dos o tres levantamos la mano y, os aseguro que el aula estaba bastante llena y era bastante grande. Ante una pregunta así, tampoco me planteo si realmente me voy a vivir allí para toda la vida; tan sólo es ir a probar.
lunes, 8 de febrero de 2010
Trabajo
Trabajar de cara al público. Créanme, no es ningún chollo. Posiblemente los que trabajan en una fábrica nueve horas diarias sin apenas ver la luz, pensarán que no tengo razón, pero todo es cuestión de probar. ¿Habéis sentido alguna vez la sensación de no poder decir lo que realmente piensas? Seguro, no es lo más inusual. Pero de cara a la galería ocurre con demasiada frecuencia. Por lo menos, en un lugar cerrado esta frustración tendrá una única dirección: el gerente o encargado. Aquí es a diario con personas desconocidas.
Morderte la lengua es la mejor herramienta. Estamos ante una sociedad hipócrita. A menudo vulgarizamos determinadas culturas, como los latinoamericanos, porque ante estas situaciones actúan de una forma natural: diciendo lo que piensan. Aunque a veces esta actitud acaba en pelea. Pero por lo menos han sido sinceros y, además, se han desahogado. Seguro que no se van con aquella sensación de “le hubiese dicho esto, y aquello…”.
Morderte la lengua es la mejor herramienta. Estamos ante una sociedad hipócrita. A menudo vulgarizamos determinadas culturas, como los latinoamericanos, porque ante estas situaciones actúan de una forma natural: diciendo lo que piensan. Aunque a veces esta actitud acaba en pelea. Pero por lo menos han sido sinceros y, además, se han desahogado. Seguro que no se van con aquella sensación de “le hubiese dicho esto, y aquello…”.
Sugerencia al público
Antes que nada, plantearos si merece la pena continuar. ¿Realmente estáis dispuestos a conocer mis reflexiones y sentimientos ante la vida? ¿Dispuestos a compartir también vuestras experiencias? Quisiera advertiros que os encontráis ante una persona que no está satisfecha con lo que está haciendo en estos momentos. Que tal vez, tarde o temprano, tome la decisión que más adelante os será desvelada. Pero cuando llegue este momento, nadie le podrá decir que la tomó de forma precipitada. Un último detalle: os agradeceré vuestros comentarios, vuestro punto de vista y/ o crítica será bienvenido siempre y cuando esté bien argumentado. Aquí no seréis uno de mis clientes, la hipocresía la dejo en la oficina. La sinceridad es mi máxima. Os mostraré mi parte más vulnerable, aquella que ni siguiera mis seres más queridos conocen.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)